04 octubre 2011

Del incómodo (y triste) apego al dinero

He estado pensando seriamente en cambiar de celular, y es que el que tengo, no creo que siga viviendo después de diciembre. Ha aguantado bastante, poco más de 3 años, entre caídas, olvidos y un sinfín de cargadores que ya hasta perdió la recepción en mi propia casa, ja. ¿Recuerdan cuando el Nokia 5300 estaba de moda? Yo tampoco.. Bien, ése es el mío, que para estos tiempos ya sólo es un celular de chicles. Me lo regaló mi papá en un día del niño, ¡aw! Pero por más que quiera usarlo hasta que un día amanezca y simplemente ya no encienda tampoco es muy nice.
Después de un par de meses intentando decidir entre un iPhone u otro Nokia, y pensando seriamente en contratar o no un plan (porque la elección por Nokia ya es un hecho), me puse a pensar en que es posible que al cabo de un tiempo ya no pueda seguir costeándome el plan, porque no tengo la certeza de por cuánto tiempo más seguiré recibiendo el dinero de cada quincena.

Todo el asunto del nuevo teléfono que aún no tengo [ya sé, fue una introducción enorme] me hizo pensar más seriamente en la manera en que lo pseudo administro. Quiero decir, sí contemplo mis gastos fijos de cada mes, y algunos variables o eventuales, como la comida fuera de casa, las fotocopias para la escuela o material, más unos nuevos, como medicinas y otras cosas varias. Whatever. Pero aún así lo gasto como si nunca se me fuera a acabar del monedero. Por lo mismo, no sentía tanto apego por ese dinero, aunque al pensarlo detenidamente me da tristeza ver que podría frustrarme cuando deje de recibirlo, por el teléfono y las medicinas. Aunque también me ha servido para no gastar a lo random en cosas inútiles; ahora pienso más en cómo lo voy a gastar y si realmente necesito aquello que tantas ganas me dan de comprar, como un par de patines.

Me incomoda el hecho de que esta necesidad de dinero pudiera convertirse en algo más enfermo en un futuro. Eso. Y no, de verdad no soy así.

En fin.

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