22 abril 2015

Lasagna rica

Hola, gente.

De nuevo les comparto un post de relleno con una receta que no he intentado porque implica el uso del horno —no sé hornear :( —, pero si la intentan ustedes estaría increíble. Hace poco leí en Vice o en no sé qué sitio, que cuando llegas a los 25 años ya tienes que saber cocinar algo decente y el señor que escribió aquello comentaba que hasta un postre es suficiente para poder sorprender a la persona que te gusta y parchártela. No sé qué tan cierto sea eso pues nunca he usado alguno de mis postres para parcharme a alguien, pero uno nunca sabe. Independientemente de eso, sí es de penita ser todo un joven y no saber cocinar ni una sopa.

Esta receta es para hacer una cremosa lasagna Alfredo con pollo y se las comparto tal como la vi en un post original de facebook, en inglés. Le tomé captura de pantalla y ahora que estoy depurando el teléfono, quiero por lo menos conservar la receta. Tal vez me luzca para Navidad. ;)

Ingredientes:

• 2 cups shredded cooked chicken breasts
• 1 can (14 oz.) artichoke hearts, drained, chopped.
• 1 pkg. (8 oz.) Kraft® Shredded Mozzarella Cheese with a touch of Philadelphia®, divided
• 1/2 cup Kraft® Grated Parmesan Cheese
• 1/2 cup chopped drained oi-packed sun-dried tomatoes
• 2 pkg. (8 oz. each) Philadelphia® Cream Cheese, softened
• 1 cup milk
• 1/2 tbsp. garlic powder
• 1/4 cup tightly packed fresh basil, chopped, divided
• 12 lasagna noodles, cooked

Instrucciones:

Heat oven to 350ºF. Combine chicken, artichokes, 1 cup mozzarella, Parmesan and tomatoes. Beat cream cheese, milk and garlic powder with mixer until well blended; stir in 2 tbsp basil. Mix half with the chicken mixture. Spread half the remaining cream cheese mixture onto the bottom of 13x9-inch baking dish; cover with 3 noodles and 1/3 of the chicken mixture. Repeat layers of noodles and chicken mixture twice. Top with remaining noodles, cream cheese mixtuer and mozzarella; cover. Bake 25 min. or until heated through. Sprinkle with remaining basil. Let stand 5 min. before cutting to serve.

16 abril 2015

No siempre puedo tener 16 años

Otra vez es de madrugada y ya debería estar durmiendo; hoy con más razón porque Héctor está de viaje y seguro me va a mensajear a las 6:00 o 7:00 h de aquí (por la diferencia de horarios). Pero en lugar de eso, escribo esta entrada porque me siento inspirada y porque me gustaría escribir más seguido.

Es sobre la edad. Últimamente he hecho hincapié en que ya casi tengo 25 años, ya sea aquí o en twitter, y no sé si se trate de una crisis porque no siento que esté actuando a destiempo haciendo ahora lo que no pude hacer algunos años atrás, pero han sucedido varias situaciones que me han hecho preguntarme si en realidad sea una pequeña crisis o si sólo son alucinaciones mías.

En parte es por lo de mi titulación. ¡Así es! Ya casi me titulo, este es el año. Para el trámite, la universidad me pide el certificado del bachillerato, pero resulta que por más que busqué, no lo tengo en casa. Atravesé toda la ciudad para llegar a la rectoría y preguntar si estaba ahí, pero me mostraron un documento en el que firmé de recibido y que ellos ya no lo tenían, por lo que entonces me quedaban dos opciones:

a) Seguir buscando como loca en la casa
b) Preguntar en el bachillerato por la reposición

Y como eso de buscar en la casa no sonaba tan divertido, opté por la segunda. Ese día después del viaje inútil a rectoría, antes de las vacaciones de Semana Santa, pasé al bachillerato a pedir información y me dijeron que sí realizan el trámite y que no es tan tardado, en 30 días hábiles ya está listo. Sólo requerían un pago y un par de fotos. Llegar a la escuela fue… raro. El vigilante me reconoció de inmediato, nos saludamos con mucho gusto y luego de contarle por qué me aparecí tan inesperadamente me dejó pasar a Control Escolar.

Por alguna razón que desconozco (la verdad es que perdí la noción del tiempo), apenas esta semana regresé para hacer el pago y entregar las fotos. Volví a platicar un poquito con el vigilante y recordé cuando el señor me preguntaba por Mayra. Ay, Mayra. Mayra fue la persona más importante para mí en esa época. A resumidas cuentas, Mayra me dejó poner mi nombre en un trabajo de Fotografía cuando el resto del salón dejó de hablarme de repente aún cuando casi los tres años me porté súper grosera con ella. Pero mi forma de ser tan miserable de preparatoriana no es el tema principal de esto, así que continúo con lo importante.

Procedí a entregar los documentos a Control Escolar y la secretaria me dijo que me llamaría en cuanto tuviera el certificado. A los pocos días de la primera visita a la escuela empezaron los conflictos de la edad, pues en casa encontré una libretita en la que apuntaba las canciones que más me gustaban en esos tiempos, separadas por ciclo escolar (secundaria) o semestre (prepa). Se me ocurrió hacer una selección —porque algunas sí son muy vergonzosas— para armar un playlist en Spotify al que nombré «Siempre puedo tener 16 años». Ese título es más bien simbólico, porque así como recuerdo que fui la persona más miserable y maldita, también sé que tuve una seguridad en mí misma muy grande para actuar sin miedo al ridículo o a la opinión ajena y eso pretendí rescatar con el playlist.

Con el pretexto de buscar el certificado, comencé a poner orden en mi cuarto y a depurar todo aquello que ya no me sirviera. Saqué mucha basura, sí, pero entre las cosas que encontré, estaban mis diarios de secundaria y prepa. Algo así como este blog, pero en papel y más ridícula. Volví a leer los de secundaria junto con mi hermano y nos reímos mucho, pero al día siguiente los tiré. El de prepa lo encontré hace un par de días, lo leí a solas y no lo he tirado… Es que es diferente. Ahí me leí como si se tratara de otra persona; una Xim que sentía intensamente y que era demasiado inocente como para ver la maldad en otra gente, por eso le hicieron tanto daño. No le tengo lástima, es sólo que si hubiera sabido lo que ahora sé, habría evitado desgastarse inútilmente con tantas personas estúpidas y dañinas incluído su papá. Me habría gustado que supiera que no todo era tan malo como parecía.

Respecto al playlist, se trata de un montón de canciones pop mainstream en español —excepto la de JD Natasha; respect Natasha, motherf*ckers!— y me sorprendí de cómo es que pudieron gustarme, pero cuando las volví a escuchar me movieron fibras muy profundas y entonces lo entendí. Primero, me quedó claro aquello de la seguridad en mí que quería recuperar a esos niveles (sin ser miserable otra vez, claro está), y en segundo lugar, son canciones tan mías que no tendría razón para sentir culpa por escucharlas. Tercero, me ayudaron a ver en retrospectiva lo mucho que he avanzado y de alguna manera me dieron pauta para saber hacia dónde ir.

Todo esto me inspiró también para escribir las dos entradas anteriores. Cada día que pasa me siento más segura de mis pasos, no sólo con Héctor, sino en todos los aspectos de mi vida. Recordarme así a los 16 estando tan cerca de los 25 me hizo ver que quiero llegar al primer cuarto de siglo:

• Sin miedo a enfrentar a la gente que quisiera hacerme enojar.
• Sacando de mi vida lo que ya no me sirva, simbólica y literalmente hablando, incluyendo personas y rencores.
• Viviendo libre bajo lo que yo crea, quiera y desee. Mención especial en este punto a Mare.
• Saludable, fuerte y equilibrada.
• Dejando de postergar los deberes.

Así que lo que sigue es llevar estos puntos a cabo. No me quiero detener por miedo. Hola, primeros 25 años.

11 abril 2015

Cuando lo conocí tenía 16…, pt. 2

De repente todavía pienso en aquella frase que decía Roberto: déjate llevar. Definitivamente no lo haría en el sentido sexual que tenía para él, pero sí me he preguntado el sentido que yo podría darle a esas palabras. ¿Qué sería para mí dejarme llevar? Creo que parte de mis miedos para hacer cosas es por la opinión de mi mamá. Ya sé, es ridículo y patético. A pesar de que soy muy cercana a ella y normalmente le cuento mi día a día no siempre le doy detalles porque odio ciertas reacciones suyas. No es justificación, pero pienso que he pasado muchos años actuando en muchos aspectos conforme a lo que ella pensaría que es correcto cuando posteriormente le platicara mis cosas, pero ahora que estoy aún más cerca de cumplir 25 años sé muy bien que ya no es correcto vivir de esa manera. En ejemplos prácticos, uno sería no dejarme besar por un hombre que me guste hasta que no hubiera una declaración formal o algo así. Me gustan las ideas románticas de antaño, pero incluso eso me parece súper anticuado.
Recuerdo que cuando le conté de mi primer novio en la vida, cuando tenía 14 años, y de que fui yo la que hizo la declaración, en vez de alegrarse o algo así, me regañó porque eso para ella era inadmisible y entre todo su sermón me dijo que la mujer está para escoger, no para ser escogida, lo cual me parecía incongruente porque precisamente por esa razón me declaré a aquel niño: simplemente me gustaba mucho y lo elegí a él para que fuera mi novio y él aceptó. Pero desde entonces ella nunca lo ha entendido y me causa cierta impotencia que aunque con los años se haya vuelto un poco más abierta de mente, todavía mantenga firmes muchos de sus paradigmas.
¿Y saben qué? Empieza a darme igual. Jamás le voy a dar gusto ni voy a lograr que cambie de parecer. Ella también actúa de formas con las que sabe que no estoy de acuerdo y aún así, sigue haciéndolo. Vengo para liberarme de mi estúpida inocencia, dice la canción de Natasha, y si bien es cierto que probablemente vuelva a equivocarme y siga siendo tan naïve como siempre, en esta ocasión no quiero dejar de hacer algo que me nazca por miedo.

Tal vez ése sea el sentido que le estoy buscando a dejarme llevar.

Cuando lo conocí tenía 16…, pt. 1

Se supone que ya debería estar dormida o de lo contrario no podré levantarme temprano (sí, aunque sea sábado), así que intentaré no tardar mucho redactando el post de hoy.

Quería venir a contarles que traigo un montón de sentimientos encontrados desde hace un par de semanas. Conocí a alguien nuevo, se llama Héctor y me lo presentó Valeria, mi mejor amiga, el día del concierto de Sonata Arctica (domingo, 22 de marzo). Que, por cierto, estuvo de lujo; lo disfruté muchísimo, especialmente cuando tocaron I Have A Right, pero ése tal vez sea tema de otro post. O tal vez no. Hay que mencionar que Héctor es compañero/amigo del trabajo de Valeria.

Damn, me he desconectado tanto de la compu que ahora tengo muchos typos mientras escribo en el teclado. El teléfono me está haciendo mal. :(

Ese día quedé de verme con Valeria para ir a la Cineteca, porque Héctor quería ver Whiplash y le preguntó si ella podría acompañarlo; Valeria le explicó que ya tenía plan conmigo pero él le respondió que no tenía problema en ir a dejarnos al concierto después de la función, así que estuvo bien. Al día siguiente, Héctor me agregó a facebook pero no fue sino hasta en la noche que comenzamos a escribirnos por el chat. Bueno, él lo hizo primero. Fue una plática… cool, me cayó bien, y después de contarme que su postre favorito era el pay de limón y responderle que el mío no queda nada mal —modesta la muchacha, ¿verdad?— me invitó a salir por uno en el transcurso de la semana a un café que le queda cerca del trabajo. Ese día fue increíble porque por la mañana fui a una entrevista de trabajo de la que sí escribiré más adelante, pero por ahora puedo decir que todo salió perfectamente bien; por la tarde regresé a casa y después de regresar de nuevo porque tuve que ir al banco, me arreglé para la cita. La verdad es que sí estaba emocionada por verlo y como me había hablado maravillas de ese pay, no podía dejar de probarlo. Quedamos de vernos por la tarde-noche en una estación de metrobús y de ahí caminaríamos al café.

La velada fue maravillosa. Héctor resultó ser muy agradable y muy interesante: no hubo un solo momento de silencios incómodos en la plática. También fue comprensivo cuando le expliqué que olvidé llevarle mi portafolio como le había prometido y que, no sólo eso, sino que me percaté de que no traía mi cartera cuando llegué a la estación del metrobús. El problema no era pagar mi cuenta pues se trataba de una invitación, sino que entonces no habría tenido modo de regresarme sola si algo salía mal porque además tenía poco saldo en el celular como para pedir un taxi de app y mi tarjeta del DF estaba en ceros. Pero nada de eso sucedió y él, muy amablemente, me dijo que no me preocupara por la cuenta del café. Y al final me llevó de regreso a casa; su coche estaba a unas cuadras de ahí.

El domingo por la tarde volvimos a vernos y como en esta ocasión era mi turno de elegir lugar, le sugerí la heladería bonita que conocí gracias a Efren. Quedó encantado, o eso dijo: la música era agradable, el menú era amplio y los postres deliciosos. Después de refrescarnos por el calor tan insano que hacía ese día fuimos a caminar por las calles cercanas. Debo señalar que no son muy seguras, pero algo me decía en el fondo que no pasaría nada y que si así fuera, mejor ni lo pensara. Fue muy divertido caminar con él mientras me contaba sobre su vida, sus pasatiempos, su trabajo… además del ataque de cosquillas que me hizo. Nunca aguanto mucho tiempo las cosquillas y me rindo muy rápido porque no puedo dejar de reír, pero me agradaba pensar en la idea de quedar rodeada en sus brazos. Ya saben, romántica la mujer, igual que cuando le pedí que me enseñara algunos pasos de baile. Y luego fuimos a un bar bonito en la Roma-Condesa que tenía una terraza fabulosa. Me mareé un poco con la bebida, pero se me quitó con la comida y la plática. Al cabo de un rato me regresó a casa, pero antes de bajarme del coche me abrazó y me dio un beso tan largo y tan delicioso que sonrío cuando lo recuerdo.

Y el miércoles nos vimos de nuevo porque él tenía ganas de ir a Coyocán. Para mí fue inevitable recordar la última vez que estuve ahí por el incómodo de Roberto, pero meh. ¿Han escuchado esa frase que dice que los caballeros no tienen memoria? Pues las damas tampoco. ¡Les digo que soy una romántica! Aunque, eso sí, me enojé cuando vi a Héctor porque me dejó esperándolo media hora. Una hora antes de lo acordado me avisó que llegaría tarde y fijó otra hora con la que no tuve problema porque yo también sentía que iba algo tarde —y terminé llegando a la hora original—, pero cuando fue la nueva hora me avisó que tardaría aún más. No sabía si esperarlo o irme porque, de verdad, no saben cuánto odio que me hagan eso. Cuando al fin llegó y me subí al coche, me metí en mi papel de mujer enojada y le advertí que fuera la última vez que hiciera eso. Ja, ya me imagino cómo se debió haber sentido, pero ni modo. Y en realidad no estaba tan enojada como lo fingí, pero como le dije a Franco: es la única forma que tengo de educar a la gente con mi tiempo, aún si se trata de alguien que me guste mucho, como Héctor.

Regresando al tema de la cita, en vez de pensar en aquella salida con Roberto, estuve observando las calles y casi de inmediato reconocí algunas por donde ya había pasado mientras imaginaba el café y los churros tan ricos de los que Héctor me hablaba. Entonces, después de estacionarnos fuimos a conseguirlos y luego buscamos una banca para sentarnos. No tengo idea de cuánto tiempo pasó, pero de nuevo terminé encantada con su plática. A veces me trollea y es divertido también. Caminamos otro poco y luego me regresó a casa. Y sí, antes de bajar del coche me besó otra vez y me volvió a gustar. Me hizo estremecer, de verdad. No puedo esperar para verlo de nuevo.

Sé que sonará demasiado apresurado, pero siento que podría querer intensamente a este hombre. Físicamente, me encanta que sea alto; por lo demás, sus pláticas siempre son divertidas; es interesante: tiene dos ingenierías y una maestría, toma clases de guitarra y de salsa, sabe aikido y algo de krav maga, habla alemán y japonés, da clases de ingeniería en una universidad y… es unos años mayor que yo. Sí, ya sé que la edad no es garantía de nada —de hecho, nada lo es—, pero este detalle me llama la atención porque no acostumbro salir con chicos que me llevan algo de tiempo. En realidad no es tanto… creo; son seis años. La última vez que salí con alguien que me llevaba seis años fue en la universidad, con Adán; yo tenía 19. Fue un fracaso y no duramos ni un mes, pero viéndolo en retrospectiva, en parte fue porque él ¡obviamente! ya no era de manita sudada y yo aún tenía miedo de pensar en tener sexo porque me parecía muy pronto. De hecho, ahora que lo pienso, sí era muy inmadura y miedosa para muchas cosas. Luego, Alan M., que me llevaba cinco: yo tenía 21 y él, 26. Tampoco funcionó, pero duramos unos meses más. Aunque ahora que he estado saliendo con Héctor, siento que ya no soy esa de antes y que ya no hay razón para sentir los miedos de entonces. Me gusta mucho cómo me abraza para besarme y lo que me provoca después del beso, pero aún no le dejo acariciarme más de lo debido y mucho menos pensaría en acostarme con él si llevo tan poco tiempo de conocerlo.

Pero a veces me siento como en ciertos versos de la canción Tatuaje, de JD Natasha:
“Vengo para liberarme de mi estúpida inocencia”

“Cuando lo conocí tenía 16, 
me enamoré de sus ojos que me desnudaban”

“Sin querer me hipnotizó con su sexy inmoralidad”
El resto de la canción no tiene mucho qué ver con cómo me siento porque habla de que el hombre del que se enamoró la dejó, pero sí me identifico con la manera tan intensa que ella cuenta que lo quiso porque le dejó recuerdos muy marcados… como tatuajes. También habla de cuánto puedes llegar a cambiar tu esencia cuando quieres o crees querer a alguien con tal intensidad porque te deslumbra tanto que te deja ciega.

Y yo no quiero quedarme ciega, pero sí me veo viviendo cosas muy intensas a su lado aún sabiendo el riesgo de quedar tatuada que ello implica.