Nunca me había puesto a pensar en lo que significa la libertad, sentirla verdaderamente, como si no la hubieras tenido en mucho tiempo. Al menos no hasta el día en que, cuando estaba en el grupo de teatro, fuimos a dar una función a Tepepan [para quienes no sepan, es una prisión de mujeres].
Mis padres, que jamás habían ido a verme a ninguna función porque, lo sé, fue falta de interés, no estaban nada contentos con el aviso:
– Mamá, dentro de dos semanas vamos a tener una función de teatro.
– Ajá.
– Es que no va a ser en la escuela..
– ¿?
– ..sino en Tepepan. El maestro quiere llevarnos a dar una función allá para las presas. Es amigo de la directora o no sé qué fucks de ahí, y ya le autorizó. Ah, y después de la función habrá algo como un 'convivio' con algunas de las reclusas.
Se quedó callada, callada, y lanzó una mirada de no sé qué, que no me decía si me daría o no el 'permiso'. Fue cuando México no quería deportar a Florence Cassez de vuelta a Francia sino obligarla a que cumpliera aquí su condena. Y Florence, poco tiempo antes, había estado allí para después ser trasladada a Santa Martha.
– Hm, no, Ximena, ¡¿cómo crees que vas a andar yendo tú a una cárcel?! No, no vas.
Era obvio.
– Es una cárcel de mujeres, mamá, y no es la primera vez que el grupo va. Por favor déjame ir; además no hay quien me sustituya en los papeles.
No dijo nada. Mi papá se puso peor, casi amenazó con reclamarle al maestro que qué clase de visitas eran esas, que cómo se le ocurría que en una cárcel, y demás.. "Bueno", pensé, "aún faltan dos semanas; quizás cambien de opinión". Fueron días horriblemente tensos, a mis papás no les cayó en gracia esa 'visita cultural' y yo, en cambio, no sabía ya qué pretexto inventar en cada clase porque era la única que faltaba por confirmar. Dos días antes obtuve el permiso, después de rogar y casi darme un tiro por la histeria.
Llegado el grandioso día, tuve que hablar a la hora en que partió el autobús de la escuela, a la hora en que llegó, a la hora en que subimos de regreso y a la hora en que regresamos a la escuela, siempre para decir "estoy bien" y "tengo que apagar el teléfono mientras estoy aquí".
Ya no recuerdo a qué hora comenzó la función, pero sí el pesar que sentí durante el rato que estuvimos ahí. Escuchábamos las anécdotas del maestro, de sus pláticas con algunas de esas mujeres y de algunos de sus crímenes. No me arrepiento de haber dado esa función, sin embargo no volvería a hacerlo. Pasas miles de puertas para ingresar [más las que faltarían para llegar a las celdas; no sé, porque no entramos tanto], te aplican un sello de tinta invisible, sensible a no sé qué, te piden una identificación y te dan un gafete de visitante, las revisiones son muy incómodas y de tus objetos personales sólo te permiten ingresar los estrictamente necesarios. Y para ir al sanitario tiene que escoltarte un guardia.
Escuchas las historias de esas mujeres, desde la que robó un cartón de leche porque no tenía qué comer, hasta la que asesinó a sus hijos, con lujo de detalles. Miras por las ventanas y lo único que ves son muros grises de concreto que parecen más altos de lo que son en realidad, y hasta el aire se siente diferente. Hay a quienes tres vidas no les serán suficientes para purgar su condena. Son personas, sí, pero están enfermas. Empiezas a cuestionarte una serie de principios sobre el 'bien' y el 'mal', y te preguntas hasta dónde será posible que, a pesar de esa cualidad de humanos, merezcan respeto, y es muy difícil llegar a una sola conclusión.
Con tus pertenencias en mano, y después de haber tardado otro tanto en salir, ves la puerta principal, cruzas la puerta y te encuentras en plena calle, respiras y el aire te parece nuevo, hermoso. Jamás habías amado tanto la libertad, y te entristece de una manera muy extraña y dolorosa saber que hay tanta gente que no la sentirá jamás.