A casi un mes de la última entrada, regreso feliz (aunque un poco
retrasada) para contarles que Gigio está vivo; no lo tuvimos que dormir
porque fuimos a pedir una segunda opinión. Esta doctora le realizará un
par de ultrasonidos: uno abdominal para ver mejor qué tiene el perrito
en el vientre, y uno más a la altura del corazón y los pulmones. Se le
tomaron muestras para laboratorio y los resultados son aún confusos:
puede ser que lo que tenga sea una anomalía cardiaca, o puede ser
hepática –por eso los ultrasonidos–. Aunque hay algo que me tiene
preocupada: en esos resultados aparece también anemia severa. Y con ello
viene también leucocitosis y linfocitosis, cosa que, según experiencias
pasadas, son indicios de leucemia. Ay. Mi niño podría tener cáncer.
¿Por qué? No lo sé. Pero prefiero no ser fatalista.
En
cuanto a ánimos, Gigio ha estado igual de alegre y cariñoso que siempre.
A veces creo que en el fondo sabe que su fin no es lejano; se le nota
cierto aire de melancolía en la mirada, pero a pesar de ello nos sigue
amando como siempre lo ha hecho.
Que suceda lo que
tenga que suceder, lo único que quiero es que, mientras esté con
nosotros, tenga la mejor calidad de vida posible.
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