"Cuando alguien como María Ximena me recuerda, me gustaría preguntarle cómo era yo antes de ser yo".
Ricardo.
Hace años de la última vez que nos vimos, ya casi tres. No sé qué tanto hayas cambiado desde entonces, y no sé qué tan feliz o qué tan miserable sea tu vida con tu posesiva novia –según tú–. Tampoco tengo idea de cuánto te guste u odies tu pequeña escuela, llena de gente de un criterio tan pequeño que sólo le sirve para pensar en 'moda', zapatos o camisas costosísimas que obtienen gracias a un cheque de sus padres.
Pero sí sé que sigues siendo la misma persona grosera que no cumple sus promesas, que me dejó plantada en varias ocasiones y que ni siquiera se toma la molestia de avisar; al contrario, apagas el teléfono. ¿Recuerdas la última vez que hiciste eso? ¿Sabes cuántas discusiones me tomó conseguir ese permiso para salir contigo? No, no lo sabes, y supongo que a estas alturas tampoco te interesa, como tampoco me importa a mí explicártelo.
Le seguiste el juego al imbécil de tu amigo cuando pretendió humillarme, y ahí fui yo a defenderme sola porque, claro está, te importó más quedar bien frente a él que frente a una chica idiota que creía en ti. Qué estúpida fui, ¿cierto? Al creer tus promesas, al creer cuando dijiste que cambiarías. Al creer que hace unos días llegarías en el lugar donde acordamos, y sin embargo volviste a dejarme plantada.
Debí suponerlo, y debí imaginarme que sería igual que siempre. Ni siquiera debí tomarme la molestia de ir, pero parecía que esta vez sí estabas dispuesto a cumplir tu palabra. Tu patética palabra que ahora me importa un carajo.
Así eras antes de ser como eres ahora. Eras menos basura.
Gracias por nada. Por absolutamente nada.
Ahí están, ésas son las palabras que yo te prometí.
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