20 octubre 2010

Abril 4, 1984

Éste es uno de los pocos posts que guardé antes de eliminar todas las entradas del otro blog. Surgió después de pensar en una de esas pláticas random con amigos que pocas veces uno tiene el lujo de darse.

Enjoy!

¿Por qué evadimos lo que nos daña, lo que no queremos ver? Tal vez por miedo, porque nuestra mente es el único lugar donde todo es como debería ser: perfecto. Pero en la realidad estamos conscientes de que no es así, y muchas veces las cosas no suceden de la manera que quisiéramos. Y al percatarnos de esta realidad imperfecta es cuando viene la confusión, porque no nos podemos explicar la lógica de lo ilógico. La confusión existe porque generamos un vacío dentro de nosotros, ése que no sabemos cómo llenar, especialmente tratándose de sentimientos interpersonales, aunque tratamos de reducir sus dimensiones porque en el fondo sabemos que no es tan grande. 
Es más bien el sentido que le otorgamos; sobrevaloramos las cualidades de lo que sucede y le otorgamos otras más, que son producto de nuestras fantasías, de lo que podría aminorar ese vacío a un vacío perfecto. Al tratar de llenarlo caemos en nuestra propia decadencia porque nuestros vicios son nuestra única aparente alternativa, pero ¿qué sucedería si en lugar de evadir el dolor y el vacío, lo enfrentamos directamente? Es decir, sin máscaras, sin ocultarnos de nosotros mismos y mostrarnos tal cual somos. En el fondo sabemos que ésta es la verdadera salida. Pero también sabemos que nos da miedo, puesto que jamás lo hemos hecho, y no sabemos de lo que podríamos ser capaces. No sabemos a quién lastimaremos en el intento. O peor aún, lo sabemos pero no lo asimilamos. La única certeza que tenemos es que no estaremos solos.

Éste es el relato de otro círculo vicioso, uno que sucedió el 4 de abril de 1984 de acuerdo a una lectura, a una plática, a la confianza y a la amistad entre dos personas perdidas en el vacío de no saber qué sucederá.

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