Hace dos días escribí que el Sharpie rojo que compré era el color que menos quería usar en el Year in pixeles (representa el cuadrito de «frustrated / angry day») y justamente hoy fue el día en que lo estrené. Bueno, supongo que en algún momento eso iba a suceder pero no creí que tan pronto.
Hoy fue día familiar de ir a la iglesia porque cada año conmemoramos así la partida de mi abuelita. No sé si muuuuy en el fondo eso me altere, a pesar de que me siento tranquila con eso, porque según quienes me vieron, me porté súper conflictiva. Todo empezó saliendo de la misa, cuando una de las tías a la que jamás en la vida veo, tomó un mechón de mi cabello y me jaló para hacerme voltear pero en realidad su pretexto era ver si no me había puesto extensiones. Like, really? Y no sólo lo hizo una vez, sino que se tomó el atrevimiento de seguir jalándome porque no creía que tuviera el cabello tan largo. Me desesperó tanto y tan rápido que en cuanto me soltó el cabello me lo amarré en un chongo frente a ella y frente a toda la familia, por lo que después de eso ya no me dijo nada. Como todas las tías se quedaron platicando y yo tenía antojo de papitas, aproveché el momento para ir con el hermono a la tienda de enfrente a comprarnos chucherías. Mientras cruzábamos la calle, le dije: «¿cuánto vas a que ahorita mi mamá me va a decir algo por amarrarme el cabello?», y efectivamente, ya que estábamos caminando hacia el coche, fue lo primero que me reclamó. Me dijo que qué insoportable y chocante me vi (pero con otras palabras), y aunque traté de explicarle en mi tono más neutral la razón de por qué lo hice, no logré hacerla comprender. Hace tiempo también le dije a otra sobrina encimosa, frente a sus papás y otros tíos, que me dejara en paz el cabello, y sólo así lo hizo. En su caso, también tenía razones importantes: esa mocosa siempre tiene piojos y yo no iba a dejar que me los contagiara obligándome a cortar el cabello porque lo voy a donar y no iba a desperdiciar años de dejármelo solamente por su evidente falta de higiene. Pero en el caso de hoy, el de la tía, la razón era simplemente que lo que hizo fue invasivo por no preguntar siquiera si podía hacerlo, y en el último de los casos, ¡¿qué le importa cómo traigo el cabello?! No, no traigo extensiones.
Pero el enojo no terminó ahí. Más tarde fuimos a la casa de mis abuelos a la comida familiar y cuando llegó la hora del té, estaba a mi lado un sobrino como de preescolar que jamás se sabe estar quieto. De verdad, no exagero. No sé si tiene un síndrome o algo pero, maldita sea, ¿han visto cómo se retuercen las lombrices cuando les espolvoreas sal? Pues así exactamente. Como estábamos sentados a la esquina de la mesa, sus pies quedaban frente a los míos y no dejaba de patearme la pantorrilla por más que yo tratara de moverme para que ya no me incomodara. En algún momento se volteó en la otra dirección de una forma tan brusca que me pegó en el codo y casi me tira mi té y entonces le grité: «¡Adrián, por favor, ya estate quieto que ya me pegaste!». Se hizo un silencio incómodo que se rompió rápido porque un primo le enseñó al mocoso un video de un perrito que se comió un labial, haha. Pero ante los ojos de mi mamá había hecho lo más terrible del mundo. Va, puede que tal vez exageré, pero también estaba desesperada porque nadie le dice al niño que se esté quieto ni que deje de ser tan encimoso: apenas te ve y casi te derriba de lo fuerte que corre a estrellarse contra ti, o si estás sentada y quedan a la misma altura, ya te está agarrando los aretes, el collar, el pin, los lentes o cualquier cosa que traigas puesta. ¡Caramba, enséñenle a respetar el espacio personal! Para colmo, mi mamá me reclamó llamándome intolerante. Ay, mamá, ojalá hubieras soportado la misma molestia que yo.
Y así fue como a la vista de todos, el día de hoy fui la peor persona del mundo por amarrarme el cabello y gritarle a un niñito encimoso. Pásenme el Sharpie rojo.
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