11 abril 2015

Cuando lo conocí tenía 16…, pt. 2

De repente todavía pienso en aquella frase que decía Roberto: déjate llevar. Definitivamente no lo haría en el sentido sexual que tenía para él, pero sí me he preguntado el sentido que yo podría darle a esas palabras. ¿Qué sería para mí dejarme llevar? Creo que parte de mis miedos para hacer cosas es por la opinión de mi mamá. Ya sé, es ridículo y patético. A pesar de que soy muy cercana a ella y normalmente le cuento mi día a día no siempre le doy detalles porque odio ciertas reacciones suyas. No es justificación, pero pienso que he pasado muchos años actuando en muchos aspectos conforme a lo que ella pensaría que es correcto cuando posteriormente le platicara mis cosas, pero ahora que estoy aún más cerca de cumplir 25 años sé muy bien que ya no es correcto vivir de esa manera. En ejemplos prácticos, uno sería no dejarme besar por un hombre que me guste hasta que no hubiera una declaración formal o algo así. Me gustan las ideas románticas de antaño, pero incluso eso me parece súper anticuado.
Recuerdo que cuando le conté de mi primer novio en la vida, cuando tenía 14 años, y de que fui yo la que hizo la declaración, en vez de alegrarse o algo así, me regañó porque eso para ella era inadmisible y entre todo su sermón me dijo que la mujer está para escoger, no para ser escogida, lo cual me parecía incongruente porque precisamente por esa razón me declaré a aquel niño: simplemente me gustaba mucho y lo elegí a él para que fuera mi novio y él aceptó. Pero desde entonces ella nunca lo ha entendido y me causa cierta impotencia que aunque con los años se haya vuelto un poco más abierta de mente, todavía mantenga firmes muchos de sus paradigmas.
¿Y saben qué? Empieza a darme igual. Jamás le voy a dar gusto ni voy a lograr que cambie de parecer. Ella también actúa de formas con las que sabe que no estoy de acuerdo y aún así, sigue haciéndolo. Vengo para liberarme de mi estúpida inocencia, dice la canción de Natasha, y si bien es cierto que probablemente vuelva a equivocarme y siga siendo tan naïve como siempre, en esta ocasión no quiero dejar de hacer algo que me nazca por miedo.

Tal vez ése sea el sentido que le estoy buscando a dejarme llevar.

Cuando lo conocí tenía 16…, pt. 1

Se supone que ya debería estar dormida o de lo contrario no podré levantarme temprano (sí, aunque sea sábado), así que intentaré no tardar mucho redactando el post de hoy.

Quería venir a contarles que traigo un montón de sentimientos encontrados desde hace un par de semanas. Conocí a alguien nuevo, se llama Héctor y me lo presentó Valeria, mi mejor amiga, el día del concierto de Sonata Arctica (domingo, 22 de marzo). Que, por cierto, estuvo de lujo; lo disfruté muchísimo, especialmente cuando tocaron I Have A Right, pero ése tal vez sea tema de otro post. O tal vez no. Hay que mencionar que Héctor es compañero/amigo del trabajo de Valeria.

Damn, me he desconectado tanto de la compu que ahora tengo muchos typos mientras escribo en el teclado. El teléfono me está haciendo mal. :(

Ese día quedé de verme con Valeria para ir a la Cineteca, porque Héctor quería ver Whiplash y le preguntó si ella podría acompañarlo; Valeria le explicó que ya tenía plan conmigo pero él le respondió que no tenía problema en ir a dejarnos al concierto después de la función, así que estuvo bien. Al día siguiente, Héctor me agregó a facebook pero no fue sino hasta en la noche que comenzamos a escribirnos por el chat. Bueno, él lo hizo primero. Fue una plática… cool, me cayó bien, y después de contarme que su postre favorito era el pay de limón y responderle que el mío no queda nada mal —modesta la muchacha, ¿verdad?— me invitó a salir por uno en el transcurso de la semana a un café que le queda cerca del trabajo. Ese día fue increíble porque por la mañana fui a una entrevista de trabajo de la que sí escribiré más adelante, pero por ahora puedo decir que todo salió perfectamente bien; por la tarde regresé a casa y después de regresar de nuevo porque tuve que ir al banco, me arreglé para la cita. La verdad es que sí estaba emocionada por verlo y como me había hablado maravillas de ese pay, no podía dejar de probarlo. Quedamos de vernos por la tarde-noche en una estación de metrobús y de ahí caminaríamos al café.

La velada fue maravillosa. Héctor resultó ser muy agradable y muy interesante: no hubo un solo momento de silencios incómodos en la plática. También fue comprensivo cuando le expliqué que olvidé llevarle mi portafolio como le había prometido y que, no sólo eso, sino que me percaté de que no traía mi cartera cuando llegué a la estación del metrobús. El problema no era pagar mi cuenta pues se trataba de una invitación, sino que entonces no habría tenido modo de regresarme sola si algo salía mal porque además tenía poco saldo en el celular como para pedir un taxi de app y mi tarjeta del DF estaba en ceros. Pero nada de eso sucedió y él, muy amablemente, me dijo que no me preocupara por la cuenta del café. Y al final me llevó de regreso a casa; su coche estaba a unas cuadras de ahí.

El domingo por la tarde volvimos a vernos y como en esta ocasión era mi turno de elegir lugar, le sugerí la heladería bonita que conocí gracias a Efren. Quedó encantado, o eso dijo: la música era agradable, el menú era amplio y los postres deliciosos. Después de refrescarnos por el calor tan insano que hacía ese día fuimos a caminar por las calles cercanas. Debo señalar que no son muy seguras, pero algo me decía en el fondo que no pasaría nada y que si así fuera, mejor ni lo pensara. Fue muy divertido caminar con él mientras me contaba sobre su vida, sus pasatiempos, su trabajo… además del ataque de cosquillas que me hizo. Nunca aguanto mucho tiempo las cosquillas y me rindo muy rápido porque no puedo dejar de reír, pero me agradaba pensar en la idea de quedar rodeada en sus brazos. Ya saben, romántica la mujer, igual que cuando le pedí que me enseñara algunos pasos de baile. Y luego fuimos a un bar bonito en la Roma-Condesa que tenía una terraza fabulosa. Me mareé un poco con la bebida, pero se me quitó con la comida y la plática. Al cabo de un rato me regresó a casa, pero antes de bajarme del coche me abrazó y me dio un beso tan largo y tan delicioso que sonrío cuando lo recuerdo.

Y el miércoles nos vimos de nuevo porque él tenía ganas de ir a Coyocán. Para mí fue inevitable recordar la última vez que estuve ahí por el incómodo de Roberto, pero meh. ¿Han escuchado esa frase que dice que los caballeros no tienen memoria? Pues las damas tampoco. ¡Les digo que soy una romántica! Aunque, eso sí, me enojé cuando vi a Héctor porque me dejó esperándolo media hora. Una hora antes de lo acordado me avisó que llegaría tarde y fijó otra hora con la que no tuve problema porque yo también sentía que iba algo tarde —y terminé llegando a la hora original—, pero cuando fue la nueva hora me avisó que tardaría aún más. No sabía si esperarlo o irme porque, de verdad, no saben cuánto odio que me hagan eso. Cuando al fin llegó y me subí al coche, me metí en mi papel de mujer enojada y le advertí que fuera la última vez que hiciera eso. Ja, ya me imagino cómo se debió haber sentido, pero ni modo. Y en realidad no estaba tan enojada como lo fingí, pero como le dije a Franco: es la única forma que tengo de educar a la gente con mi tiempo, aún si se trata de alguien que me guste mucho, como Héctor.

Regresando al tema de la cita, en vez de pensar en aquella salida con Roberto, estuve observando las calles y casi de inmediato reconocí algunas por donde ya había pasado mientras imaginaba el café y los churros tan ricos de los que Héctor me hablaba. Entonces, después de estacionarnos fuimos a conseguirlos y luego buscamos una banca para sentarnos. No tengo idea de cuánto tiempo pasó, pero de nuevo terminé encantada con su plática. A veces me trollea y es divertido también. Caminamos otro poco y luego me regresó a casa. Y sí, antes de bajar del coche me besó otra vez y me volvió a gustar. Me hizo estremecer, de verdad. No puedo esperar para verlo de nuevo.

Sé que sonará demasiado apresurado, pero siento que podría querer intensamente a este hombre. Físicamente, me encanta que sea alto; por lo demás, sus pláticas siempre son divertidas; es interesante: tiene dos ingenierías y una maestría, toma clases de guitarra y de salsa, sabe aikido y algo de krav maga, habla alemán y japonés, da clases de ingeniería en una universidad y… es unos años mayor que yo. Sí, ya sé que la edad no es garantía de nada —de hecho, nada lo es—, pero este detalle me llama la atención porque no acostumbro salir con chicos que me llevan algo de tiempo. En realidad no es tanto… creo; son seis años. La última vez que salí con alguien que me llevaba seis años fue en la universidad, con Adán; yo tenía 19. Fue un fracaso y no duramos ni un mes, pero viéndolo en retrospectiva, en parte fue porque él ¡obviamente! ya no era de manita sudada y yo aún tenía miedo de pensar en tener sexo porque me parecía muy pronto. De hecho, ahora que lo pienso, sí era muy inmadura y miedosa para muchas cosas. Luego, Alan M., que me llevaba cinco: yo tenía 21 y él, 26. Tampoco funcionó, pero duramos unos meses más. Aunque ahora que he estado saliendo con Héctor, siento que ya no soy esa de antes y que ya no hay razón para sentir los miedos de entonces. Me gusta mucho cómo me abraza para besarme y lo que me provoca después del beso, pero aún no le dejo acariciarme más de lo debido y mucho menos pensaría en acostarme con él si llevo tan poco tiempo de conocerlo.

Pero a veces me siento como en ciertos versos de la canción Tatuaje, de JD Natasha:
“Vengo para liberarme de mi estúpida inocencia”

“Cuando lo conocí tenía 16, 
me enamoré de sus ojos que me desnudaban”

“Sin querer me hipnotizó con su sexy inmoralidad”
El resto de la canción no tiene mucho qué ver con cómo me siento porque habla de que el hombre del que se enamoró la dejó, pero sí me identifico con la manera tan intensa que ella cuenta que lo quiso porque le dejó recuerdos muy marcados… como tatuajes. También habla de cuánto puedes llegar a cambiar tu esencia cuando quieres o crees querer a alguien con tal intensidad porque te deslumbra tanto que te deja ciega.

Y yo no quiero quedarme ciega, pero sí me veo viviendo cosas muy intensas a su lado aún sabiendo el riesgo de quedar tatuada que ello implica.

02 marzo 2015

I guess we can just agree to disagree, pt. 2

He aquí el review con mis conclusiones del post anterior. Durante gran parte del día me dediqué a pensar lo que escribí, a recordar experiencias anteriores y a definir qué es lo que quiero y por qué actúo como lo hago. Enumeré todos los puntos, aunque no necesariamente tengan continuidad unos con otros; los escribí según los fui pensando.

 1
En primer lugar, recordé que Daniel tenía una manera similar de pensar a Roberto. Así empezó con Vicky y creo que ya llevan más de un año juntos. Qué bueno por ellos si les funcionó irse a la cama y luego ver si aparecía algún sentimiento después del sexo. Yo no pienso así y así he estado perfecto durante estos años, y es una pena por Roberto que él no lo entienda, pero tampoco voy a desgastarme discutiendo con alguien que no entiende razones.

2
Haciendo memoria, recordé un post que escribí aquí cuando apenas empezaba el blog. Lo enlazaría, pero lo borré. Tenía 19 años y en ese entonces me gustaba mucho un dude de otro grupo de la carrera que se llamaba Samuel. Un día al final del trimestre, después de clases, me lo encontré cerca de los talleres de Industrial. Después de vagar por un poco por los pasillos de la escuela nos encerramos en un salón vacío para besarnos y fajar. Al principio me sentí otra persona, pues había hecho algo que nunca antes y extrañamente me sentí bien: atrevida, diferente y renovada. Creí que al cabo de unos días él llegaría a decirme que quería algo más formal, pero lo que encontré fue peor: el día de la exposición de trabajos finales lo vi abrazando de la cintura y besando a una chica mucho mejor: guapa, delgada, bien vestida y maquillada. Todo lo contrario a lo que era yo en ese momento: gorda, medio fodonga para vestir, no me maquillaba y tenía el cutis lleno de acné. Me sentí chinche y quise salir corriendo de ahí. Pasó mucho tiempo para que volviera a sentirme tan ligera como el día del encerrón.

3
La siguiente vez fue a los 21. Sexteé con un follower —a quien llamaremos F y que nunca me gustó físicamente— durante algunos días, pero de él no hay mucho qué contar pues desapareció al cabo de un par de semanas y no volví a saber de él hasta hace unos meses. Sólo lo vi una vez, antes del sexteo y nunca volvimos a tocar el tema. Luego de otro par de años, mientras le platicaba a Mique sobre F le confesé lo que hice y el nulo gusto que le tenía, a lo que me respondió:
—Si el dude no te iba, ¿por qué sexteaste?
—Pues porque estaba en un mood tan despreocupado, que me importaba un pepino lo que sucediera con X o Y dude.
—¿Qué despreocupada, eh? Qué valemadres…
Luego llegó Alan M. y olvidé ese mood despreocupado. En ese momento decidí de nuevo que eso no era lo mío.

4
Entonces, ayer por la mañana recordé la pregunta de Mique pero en el transcurso de la tarde con Roberto pensé que no perdía nada por algunos besos, y en caso de que me gustaran, yo decidiría si le seguía el paso para dejarme llevar, por eso le correspondí el primero que me robó. Pero no fue así y como faltaba poco tiempo para irnos, pues ya me dio lo mismo recibirle los siguientes besos. Y decidí por tercera vez que eso de ser tan ligera no iba conmigo, aunque en esta ocasión ya estoy segura de ello.

5
Entre otras cosas, Roberto decía que mientras llega tu media naranja, ve comiendo mandarinas. Pero no quiero comer mandarinas ahora. Estando a unos meses de llegar a mi primer cuarto de siglo, cada vez estoy más segura de mis decisiones y si no quiero mandarinas porque no se me antojan, ¡no tengo por qué comerlas, carajo! También decía que por estar esperando a una persona más compatible con mi manera de pensar podría estar dejando pasar muchas oportunidades. ¿Y saben qué? Me vale tres hectáreas de invertebrada porque esperar no representa un problema para mí. Esperé mucho tiempo para que llegara Alan Zam y aunque ya no está, tengo la certeza de que así como él llegó, llegará alguien más. Tengo muchas cosas de qué ocuparme mientras espero, así que no estaré aburriéndome.


6
Por la tarde le conté a mi hermano de la salida con Roberto, con detalles y contexto. Mi hermano es mi confidente y aunque es cinco años menor que yo, podemos hablar perfectamente de cualquier tema, así que después de contarle todo, en pocas palabras, dijo lo que ya se sabe: Roberto es un imbécil y me aconsejó no seguir hablando con él. Por supuesto que no seguiré haciéndolo, y menos después de ese fracaso de cita y de los tuits ardidos que ha estado escribiendo en forma de indirectas. Aparte de imbécil, cobarde. Meh.

7
Sabía que no podía esperar mucho de alguien que ni siquiera hizo el esfuerzo de verme en alguna estación intermedia del metrobús porque la suya le quedaba a unos pasos de su casa, con el pretexto de que sería poco práctico verme más cerca para luego volver a la parada del bus. Y que al momento del regreso hacia nuestras casas ni siquiera me preguntó si podía acompañarme a la mía. Su máxima preocupación fue pedirme que le avisara cuando llegara. Al contrario, Alan M. sí me regresó desde la primera cita; Alan Z. también quiso hacerlo y aunque yo tenía que ver a Benito en su tienda, al menos me acompañó hasta la entrada. A lo que voy es que quería todo tan fácil y hacer el mínimo esfuerzo, que sólo puedo pensar: easy come, easy go.

8
Finalmente, quiero a mi lado a una persona que pueda seguirme el paso emocional, mental y sexualmente, no a alguien que quiera adelantarse con pretextos estúpidos y que no respete mis tiempos. Quiero a alguien con quién compartir parte de mi vida y estar atenta y presente en la suya y superar nuestras dificultades juntos por muy grandes que parezcan, en lugar de acobardarse en la primera. Quiero a alguien con quién celebrar mis triunfos, llorar mis tristezas, desahogar mis enojos y superar mis miedos sin sentirme ridícula por hacerlo. Quiero todo esto porque sé que puedo darlo y sabré esperar.

01 marzo 2015

I guess we can just agree to disagree, pt. 1

Hoy tuve la cita más horrible de mi corta vida. No sé ni cómo redactar el contexto, estoy de malas: sólo comí un helado, tengo mucha sed, las botas me cansaron y ya me quiero dormir.

Sucedió así: ayer por la noche, mientras comentaba en twitter sobre los libros que conseguí en la FIL Minería —y con los que salí muy feliz—, el follower Roberto, Software Developer, empezó a preguntarme por el de Front End (HTML, CSS3 y Javascript) y platicamos un poco sobre ello. Me dijo que un día debería verlo porque también a él le interesaba repasar esos temas. Luego pasamos a los DMs y ahí comenzó a insinuarse preguntando qué día podríamos vernos. Le respondí que dentro de dos semanas, pero a él le pareció demasiado tiempo, así que en el transcurso de la plática me invitó a salir hoy.


Medio le seguí el juego en sus mensajes pues, for the lulz, a sus comentarios del tipo en el intermedio, te abrazo por la cintura y te mando besos porque en esos casos, un beso no significa nada y tampoco te compromete, aunque también llegó a decirme cosas más subiditas de tono a las que respondí que no estaba de acuerdo pero aún así él no parecía entender que eso no iba conmigo. A fin de cuentas, no dejaba de ser un desconocido. Él respondía que así era su forma de ser, que no era un hombre de seguir protocolos (tomarse tiempo para conocer poco a poco a la chica o esas cosas que normalmente hace la gente antes de ser pareja) y que cuando se sentía atraído físicamente por alguien, simplemente se dejaba llevar a ver hasta dónde llegaba. Al principio creí que sería buena idea no cerrarme a la idea de probar maneras de actuar distintas, porque finalmente era válido decir si después de intentarlas no me gustaron. Pero después de decirle que no tendría esas cosas subiditas de tono aún (¡santo remedio!), dejó de insistir con el tema y se limitó a seguir mandándome besos para después invitarme a salir. Intercambiamos números para seguir escribiendo por whatsapp y confirmamos plan, lugar y hora.

Llegó el día y mucho salió mal desde el principio. Le avisé que llegaría tarde porque el fckn metrobús que tomé tuvo una falla. Detrás de ése venían otros que iban hacia la misma dirección, pero abordé el segundo o el tercero porque los otros se llenaron con los pasajeros de donde venía. Así que iban uno detrás de otro, haciendo la ruta aún más lenta de lo normal y llegué unos 20 minutos después de lo acordado. ¡Odio llegar tarde! Al fin llegué, nos vimos y caminamos a la parada de otro bus que nos dejaría cerca del centro de Coyoacán; supongo que llegamos hasta allá como en media hora.

Como fue una tarde muy calurosa, lo primero que hicimos fue ir por helado y sentarnos a disfrutarlo mientras platicábamos de nosotros: ¿a qué te dedicas?. El plan era ir por pizza y cerveza después del helado como lo hablamos en el bus, pero sólo se quedó en helado. Estuvimos platicando en esa banquita varias horas y cuando pensé que ya era algo tarde para comer, le pregunté si quería ir ya por la pizza. Yo no sentía hambre aún, pues desayuné tarde, pero él respondió que tampoco sentía hambre y seguimos sentados para entonces hablar del tema yo soy un hombre sin protocolos, déjate llevar; yo soy una chapada y no me encanta cómo piensas. Luego de un rato nos levantamos y fuimos a caminar randomly. En una calle muy tranquila me tomó por la cintura y me besó. Le correspondí, pero… no me gustó. No sentí nada. No besa tan bien como lo había dicho en sus mensajes y tampoco me sentí en el ánimo adecuado como para dejarme llevar. Seguimos caminando y de repente volvía a besarme, pero tampoco sentía nada. Luego sucedió algo similar a una de las salidas con Daniel: por un comentario tonto, de los de broma, tomamos diferentes direcciones, así que cuando no lo vi regresando hacia donde yo estaba fui a sentarme al parque. Pensé que se había ido porque seguía sin verlo, hasta que me mandó un whats diciendo algo como que te vaya bien, te vas con cuidado y después de decirle que estaba en el parque me respondió que él estaba en la parada del bus. Caminé hacia allá y le pregunté si se había enojado, pero como sólo respondió con evasivas, deduje que sí. Y no me importó. Ya no estoy para esos dramas tipo Daniel. En el trayecto que nos quedaba de regreso intentó besarme varias veces, pero ya no me dejé. Él se bajó antes del metro, así que nos despedimos de beso en la mejilla y me pidió que le avisara cuando llegara a casa.

Mientras escribía esto ignoré las notificaciones en el teléfono, aunque sí respondí las que tenía en facebook, y ahora que veo las de twitter, aproveché para ver también su TL y no sé si reír o sentir lástima por él y por el berrinche que está haciendo por mi frialdad. Meh.

Mañana escribo el review con mis conclusiones en el siguiente post, para no hacer éste todavía más extenso.